“POCAS SON LAS CULTURAS QUE CARECEN DE ICONOGRAFÍA laberíntica. Por lo demás, la madre naturaleza ofrece a simple vista formas y arreglos que se avienen perfectamente con el sentido que cualquiera intuye ante una figura elaborada y convencional”, afirma Miguel Rivera Dorado en su libro laberintos de la antiguedad. En el costado norte de la Quinta, camino a la alberca y el mirador, se aprovechó la empinada pendiente, para construir en la mejor tradición de los laberintos, caminos caprichosos como para perderse y encontrarse. En este lugar los puntos cardinales se diluyen y el misterioso claroscuro se vuelve cómplice de la coquetería y el rumor del agua es el único testigo de las conversaciones donde se expresa de la mejor manera la espontaneidad de lo nativo.

Dentro de los trabajos de investigación adelantados por la restauración del inmueble así como de los jardines, un documento de 1828 menciona que (...) al baño alto y al mirador (...) conducía un angosto sendero pendiente y tortuoso, formado por tupidos rosales, violetas, curubos, enredaderas y muchas plantas parásitas y allí raramente penetraban los rayos del sol.”