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VECINOS Y VASALLOS. Sala de Próceres
La independencia se construyó de manera gradual en un contexto que social y políticamente aun se encontraba muy vinculado con la metrópoli española. La exposición iconográfica, presente en la sala, destaca la importancia que para el proceso emancipador tuvieron actores sociales vinculados de manera material y simbólica a las instituciones españolas.
Es así como encontramos que muchos de los líderes del movimiento independentista poseían títulos de nobleza, cargos burocráticos (diezmeros, alcaldes, procuradores, estanqueros, prelados, oficiales militares, corregidores), mayorazgos, y ante todo, el prestigio simbólico de la limpieza de sangre, que acreditaba su igualdad con los peninsulares. Un caso específico es el de Jorge Tadeo Lozano, en Santafé quien era heredero de las principales familias de la ciudad, poseía los mejores mayorazgos, ostentaba el título de marqués de San Jorge y pertenecía a los principales periódicos; además, fue uno de los principales líderes del proceso de independencia. Del lado militar estaba su primo, Antonio Ricaurte, dueño de ricas haciendas en la zona de Villa de Leiva, junto con Antonio Baraya, quien con anterioridad había pertenecido a los cuadros de oficiales del ejército español. El hecho de que la mayoría de uniformes militares de los próceres tuvieran los colores azul y rojo se debía a que eran los colores que identificaban al ejército español.
El grupo de notables criollos, vinculados por sangre con los conquistadores y primeros ocupantes de estas tierras, de linaje noble, poseían un dominio casi total de los cabildos, de la política local. Conocidos en la época con el nombre de vecinos, los criollos pedían una mayor autonomía en el manejo de sus asuntos con respecto de la capital, una menor intromisión de burócratas españoles ajenos a los linajes locales, el control de instituciones de mayor relevancia como la Real Audiencia, y, por encima de todo, la igualdad entre españoles americanos y españoles peninsulares a nivel burocrático y político.
LA REPÚBLICA LETRADA. Sala de Bolívar y Santander
La etapa histórica posterior a la independencia política de nuestro país estuvo enmarcada por los alcances y los límites de las guerras de independencia. La independencia política conseguida coincide así con el inicio de una concepción de sociedad fuertemente influida por las ideas en boga entre los intelectuales ilustrados de Europa, a partir de las cuales surge un proyecto de nación. En este contexto, la legitimidad política de la clase gobernante se construía a partir de la posesión de títulos universitarios, la afinidad con las costumbres refinadas de la aristocracia europea, la posesión de un saber científico ilustrado y la defensa de un proyecto político moderno basado en los ideales de libertad, igualdad y fraternidad; de tal manera, la cultura ilustrada se convertía en sustento para el prestigio social de los letrados en una fuente de fama y reconocimiento.
Esta búsqueda de reconocimiento a través del saber ilustrado provenía de fines del periodo colonial, cuando la elite criolla buscaba referentes simbólicos que los aproximaron a los peninsulares y los diferenciaron del vulgo, afianzando así sus pretensiones de status y poder. En este aspecto, cabe destacar la formación educativa ilustrada de Bolívar, que seguía las ideas de Rousseau. Para Santander, se trató de la posterior implantación del estudio en ciencias naturales en los colegios santafereños. En un plano más concreto, cabe destacar que la cultura material hace ver la “no independencia” del país con respecto a los paradigmas europeos. El comercio exterior hacía posible que la elite letrada viviera a la usanza de París o Londres. Objetos como el reloj de pie que se exhibe en la sala son muestra de dicho espíritu refinado y europeizante. También hubo un furor legalista, que se orientaba de acuerdo a las ideas políticas de la ilustración francesa. “El imperio de la ley” instituía una democracia de carácter desigual, puesto que la representatividad del pueblo, el acceso a los cargos públicos, y por lo tanto, el manejo de la ley, estaba en manos de la elite. Santander, fue conocido como “hombre de las leyes”, y para Bolívar, fue destacado el apoyo de los intelectuales neogranadinos quienes plasmaron su proyecto político mediante la redacción de varias constituciones (1818, 1821).
FEMENINA ES TAMBIÉN LA INDEPENDENCIA: Sala de Heroínas
La importancia de la mujer en la sociedad de la independencia no era desdeñable y no estaba ligada a un supuesto dominio masculino. Para comenzar, la libertad es un ideal vinculado a un prototipo femenino. Nariño la identifica con una mujer indígena, y posteriormente se la representa como un joven adolescente blanca, vestida al estilo griego. Esta asociación entre libertad y mujer se deriva del papel atribuido a la mujer en la sociedad y la familia como sujeto sumiso, obediente, falta de autonomía. Así mismo la libertad, que es asociada con una ruptura del estado opresivo padecido por las colonias, se asocia con la mujer, también víctima de opresión, deseosa de obtener la libertad y la igualdad con respecto a los hombres.
Esta figura femenina como guía de los hombres (hijos) hacia la independencia suele asociarse a la mitología griega, donde el dios Zeus derriba a su opresivo padre, Cronos, con la ayuda obtenida de su madre, la diosa Cibeles. De esta interpretación se deriva la imagen femenina de la “patria” o tierra de los antepasados; el vínculo que unía gente y territorio surgía por medio del nacimiento en otras palabras, era un lazo maternal entre patria y sus hijos, los ciudadanos. La asociación existente entre mujer e independencia también se extiende a su protagonismo durante la misma. En ciudades como Santafé, a fines del período colonial, las mujeres ostentaban un papel activo en la vida social; eran usualmente cabezas de familia y ejercían muchos trabajos, desde labores domésticas hasta tener chicherías. En la época de la independencia, las mujeres movilizaban la población, escuchaban diversas ideas y hacían labores de espionaje, teniendo en cuenta que en sitios como casas de familia y chicherías se gestaban opiniones políticas y proyectos sociales. Esto se muestra en imágenes como la de la mujer vendedora de papas ilustrando el jolgorio propio de la chichería, en las historias de las mujeres anónimas que cuidaban la salud de los heridos en el frente de batalla, intervenciones de mujeres de élite como Antonia Santos, quien aprovechó sus amistades y poder económico para organizar tropas y movilizar a la población para la independencia; y el caso de mujeres que fueron fusiladas por Morillo, como Policarpa Salavarrieta, quien fue ejecutada para evitar intrigas que hubieran podido debilitar el poder del “Pacificador”.
CON DERECHO A OPINAR. Sala de Nariño
Durante los primeros años de la Independencia, aparecieron en Nueva Granada nuevas formas de pensar que tendrían su expresión en los proyectos políticos de la independencia. El pensamiento político en los albores de la independencia estaba influido por las ideas modernas que planteaba la Ilustración francesa y planteaba una transformación radical de las instituciones políticas que regían el mundo hispánico. Así, comulgaba con la existencia de múltiples Estados nacionales en lugar de imperios extensos; la homogeneidad cultural de todos los ciudadanos; la centralización y cohesión en el régimen político-administrativo en lugar de las autonomías y privilegios localistas; la igualdad de derechos para todos los ciudadanos; y, ante todo, la creación de un régimen republicano basado en la soberanía del pueblo. Entre los defensores de la monarquía absolutista estos individuos fueron denominados como “jacobinos”, en razón de la afinidad entre sus ideas y las de los revolucionarios franceses. Para ellos, este apelativo tenía una connotación despectiva, puesto que la revolución era vista como un trastorno en la marcha natural de la historia, como desorganización de la vida política y como un lamentable estado de confusión y debilidad. Ante estas críticas, los jóvenes ilustrados, (Pedro Fermín de Vargas, Sinforoso Mutis y Camilo Torres, contertulios y miembros de periódicos y asociaciones, o, científicos como Caldas y Zea) respondían con un ideal de progreso, en el cual la revolución constituiría una transición violenta entre un orden de cosas viejo y decadente hacia un mundo nuevo, más avanzado y mejor organizado de acuerdo con criterios guiados por la razón.
REINO, CIUDAD Y NACIÓN. Sala de Bogotá
Durante la colonia, la división del territorio obedeció a la fundación de núcleos urbanos desde los cuales se ejerciera su dominio por medio de instituciones como la Iglesia, el cabildo y la cárcel; en términos de entonces, se trataba de “vivir a son de campana”. Las ciudades administraban territorios, recursos y gentes, y a partir de la magnitud de su poder administrativo se organizaban en una jerarquía que, a su vez, les otorgaba un rango simbólico del cual derivaba su propio prestigio, aún más cuando ese rango se obtenía en virtud de títulos que solo el mismo rey podía otorgar, como el escudo de armas, símbolo que ligaba a Santafé con el imperio al darle el privilegio de usar los colores propios del imperio español (amarillo y rojo), o usar el águila, también símbolo de la casa de Habsburgo; también un título como el de “La muy noble y muy leal” era sinónimo de honra y valía para una ciudad.
El cabildo era la institución básica que expresaba la importancia y el poder administrativo de cada ciudad, le daba un sentido de importancia a sus habitantes. Por ello, la presencia de extranjeros en los cabildos, así fuesen pobladores de la ciudad, solía ser interpretada como un menoscabo de sus libertades y sus privilegios tradicionales. De allí se derivaría el fuerte regionalismo surgido desde la independencia. La pertenencia al imperio español era, de tal manera, entendida como el vínculo con un mundo culturalmente y políticamente coherente, en el que existían elementos simbólicos de prestigio que otorgaban a quien los tuviera un escalón más en esa pertenencia. El vínculo con las instituciones y los símbolos del poder monárquico hacía más español al privilegiado que pudiera acceder a ellos, así, la extinción de ese vínculo, concretada en 1810, fue uno de los motivos principales para la independencia de nuestro país.
REVOLUCION CIUDADANA. Sala de la Junta Suprema
La independencia de la Nueva Granada, mas allá de una conspiración victoriosa de las élites criollas, fue una “revolución” ciudadana, fue la puesta en escena de la acción del pueblo soberano. La Junta Suprema surgió como necesidad de crear un cuerpo que reasuma a nombre del pueblo de la Nueva Granada, la soberanía, como consecuencia de la cesión no consentida de ésta por parte de la familia real española a José Bonaparte. Poco a poco y a medida que transcurre el 20 de julio, la ciudad se va congregando en la plaza central a la espera de un desenlace: “Olas de pueblo armado refluían de todas partes a la -plaza principal […] A cada mensaje y a cada negativa tomaba más vigor ese pueblo activo y generoso” No solo durante este día, sino también durante los subsecuentes, el pueblo se convierte en el fiscalizador de las acciones políticas emprendidas: “El pueblo sostenía su puesto y su firmeza. A cada momento gustaba más de su libertad, conocía más y más sus derechos, su dignidad y su soberanía. Tomaba aquel tono imperioso, libre y de SEÑOR. Ya no era ese rebaño de ovejas, no ese montón de bestias de carga que solo existía para obedecer y para sufrir. Pedía o casi mandaba a la Suprema Junta la ejecución de muchos artículos”.
INDEPENDENCIA EN EL ACTO. Sala del Acta
En la Nueva Granada colonial, fue escasa la difusión de textos escritos debido a la censura de la Inquisición y a la falta de imprentas lo que conllevó a que la cultura literaria fuese limitada y escasa, además de encontrarse casi exclusivamente en manos de la iglesia católica. Por otra parte, las publicaciones periódicas reunían a grupos de criollos en torno de un ideal patriótico orientado hacia la consecución del progreso material en el país, y contribuían a afianzar los vínculos entre estos criollos ilustrados, a fomentar la socialización de ideas políticas y ante todo, mantener la identidad propia como elite ilustrada.
Así, los textos escritos producidos durante el periodo de la independencia, más que todo, actas y leyes, constituían la imposición de un vínculo impersonal y vertical “desde arriba” en el cual los escritos eran producidos por unos y aceptados sin discusión por otros. Por ello, la divulgación de los textos escritos hacia la mayoría iletrada se daba a través de la lectura en voz alta de los mismos, creando un lazo más
personal que el permitido por la imposición que representaba la aceptación de un documento escrito, de carácter indiscutible e inalterable.
Todo aquello se reflejaba en situaciones como la representada en la imagen que recrea la redacción del acta de independencia como una reunión privada, protagonizada por individuos de la elite, en lugar de un cabildo abierto con la participación de la ciudadanía.
El lienzo de techumbre de un oratorio santafereño
La exposición presenta, después de cinco años de estar en reserva, el lienzo que data del siglo XVIII -el único que se conoce en Bogotá - y representa los monogramas de la Sagrada Familia. Según la tradición, perteneció originalmente al convento de Santo Domingo que en 1861, pasó a ser propiedad del estado. Posteriormente pasó a ser propiedad de la familia de Miguel Samper Madrid, quienes vivían en la actual calle 12 con carrera 5. Esta casa pasó luego a pertenecer a la Sindicatura General de la Beneficencia de Cundinamarca y fue demolida en el año de 1962. Algunos objetos, entre ellos el lienzo fueron donados a la Casa del Florero, para entonces recién inaugurada y en la fase final de su adecuación como museo.
La Casa del Florero
El edificio que alberga actualmente la Casa del Florero - Museo de la Independencia, es una construcción que data de finales del siglo XVI y principios del XVII, en estilo árabe - andaluz, también denominado mudéjar, el cual es típico de nuestras construcciones coloniales. Esta construcción tiene mucho interés para la historia socio-política de su tiempo. Fue construida para el hijo mayor de uno de los fundadores de la ciudad de Santa Fe de Bogotá, el mariscal Hernán Venegas Carrillo, cuya familia la habitó hasta el siglo XVII, cuando pasó a ser propiedad del Fiscal de la Real Audiencia, Francisco Moreno y Escandón (1736 - 1792).
El balcón esquinero entre la calle 11 y la carrera 7 (denominada en la época Calle Real del Comercio), debido a su situación estratégica sobre la Plaza Mayor (actual Plaza de Bolívar), era alquilado para presenciar los eventos que en ella se desarrollaban Hacia el año de 1810 había diversas tiendas establecidas en el primer piso de la casa. La más importante de ellas estaba alquilada al comerciante español José González Llorente.
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