Sus contornos estaban alfombrados de verde césped por donde descendía, entre pintorescas colinas y ribazos, solitarios
y vírgenes, el riachuelo del Boquerón. Estaba rodeada la casa de bellos jardines y de árboles corpulentos (de los cuales
quedan hoy algunos, tales como un gran nogal y varios lozanos alcaparros, mortiños, cerezos, pinos, todos, sin duda, del
tiempo de Bolívar) y a su sombra había, artificiosamente dispuestas, galerías cubiertas de enredaderas, cenadores y
rutas caprichosas; bañada, por doquiera, por abundantes y puras aguas, en fuentes y surtidores de mármol. En el patio
interior, un torrente conducido por un atenor de seis pulgadas de calibre, caía, estrepitosamente, en un receptáculo de
piedra, a la altura de cinco pies, esparciendo en toda la casa y jardines un rumor apacible y delicioso. [...] Enfrente de la
puerta de entrada había un gran estanque circular donde nadaban alegremente lindas aves acuáticas alrededor de una
hermosa fuente de mármol blanco.