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Bolívar en la Quinta
Al finalizar la guerra de independencia, la Quinta estaba a punto de desaparecer por el creciente
deterioro que había
sufrido. Tras la victoria definitiva sobre los españoles, el gobierno de la Nueva Granada adquirió la propiedad con el
propósito de obsequiársela al Libertador, "como una pequeña demostración de gratitud y reconocimiento en que se
halla constituido este Departamento de Cundinamarca por tan inmensos beneficios de que lo ha colmado Su Excelencia,
restituyéndole su libertad".
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Así reza la escritura, firmada por el gobernador José Tiburcio Echevarría el 16 de junio de 1820. La compra se hizo por
dos mil quinientos pesos. El documento aclara que dicha compra se hacía a nombre del vicepresidente Francisco de
Paula Santander y del Estado colombiano. Allí también se deja constancia de la necesidad de mejorar la finca para
entregarla en condición presentable al Libertador.
Bolívar fue propietario de la Quinta durante 10 años, pero no la habitó mucho tiempo. En 1821 la ocupó por primera vez,
en dos ocasiones que coincidieron con el cenit de su gloria: durante el mes de enero, antes de partir a la campaña final
de independencia de Venezuela, que culminó en la Batalla de Carabobo; y en octubre del mismo año, después
de dicho triunfo, antes de emprender, el 13 de diciembre, la Campaña Libertadora del sur. Durante sus años de
ausencia, entre 1821 y 1826, un pariente suyo, llamado Anacleto Clemente, habitó la casa y la dejó en tan mal estado
que, ante la proximidad del regreso de Bolívar a Bogotá, el 6 de agosto de 1826, Santander le envió una comunicación
donde le manifestaba:
Hice emplear muchos pesos en componer la Quinta que dejó Anacleto arruinada, y aunque no quedará de
gran lujo, quedará de gusto y mejor que nunca.
El 21 de septiembre volvió a escribirle:
Su Quinta se la tengo muy compuesta y decente. Hemos echado mano de sus sueldos viejos atrasados
para que siquiera sirvan para proporcionar un desahogo a quien tanto lo necesita y lo merece. Vergüenza
me diera que usted se alojara como antes y se sirviera de muebles prestados. Juan M. Arrubla me ha
servido mucho en esta operación.
El 14 de noviembre de 1826, Bolívar hizo su entrada a Bogotá, de regreso del Perú. Desde entonces, y hasta su partida
final en 1830, habitó en forma esporádica este lugar que se convirtió en el refugio de sus constantes viajes y del tenso
ambiente político.
En 1828, mientras Bolívar sorteaba las dificultades políticas y el ambiente de la Convención de Ocaña, Manuelita Sáenz
de Thorne llegó a la Quinta. Se habían conocido en Quito, su tierra natal, en junio de 1822, durante el suntuoso baile en
que se festejó el triunfo de la Batalla de Pichincha, y desde entonces surgió entre ambos un profundo amor. Manuelita le
brindó apoyo apasionado e incondicional al Libertador y a sus amigos, de quienes se convirtió en hábil consejera
política. Su presencia transformó la Quinta en lugar de fiestas y reuniones.
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La Quinta fue testigo de grandes acontecimientos como la instauración de la Gran Colombia y la culminación de la
Campaña del Sur; de fiestas como aquella en la que se conmemoró el natalicio de Bolívar -celebrado por los contertulios
el 24 de julio de 1828, en ausencia del Libertador- y en la cual se poblaron de tiendas de campaña las colinas
circunvecinas a fin de alojar allí al Batallón Granaderos. Entre los invitados se encontraban el general José María
Córdova y sus edecanes, el doctor Estanislao Vergara, el canónigo Francisco Javier Guerra, el historiador José Manuel
Restrepo y el general Rafael Urdaneta.
También se vivieron en ella momentos críticos originados en los graves sucesos que conmovieron entonces a la
República y en la oposición de los enemigos a las ideas bolivarianas, derrotadas en la Convención de Ocaña. Allí se
refugió después del atentado contra su vida, ocurrido el 25 de septiembre de 1828, y se firmó la negativa a conmutar la
pena de muerte a los conjurados por este hecho.
La sexta y última estadía de Bolívar se produjo entre el 15 de enero de 1830 y el 1 de marzo del mismo año, aunque
desde el 28 de enero ya había regalado la Quinta a su amigo José Ignacio París, conocido por sus servicios a la causa
independentista y por su lealtad al Libertador. La donación, en realidad, fue hecha a su hija, Manuela París, quien, por
ser menor de edad, no la pudo recibir, de manera que lo hizo su padre a nombre de ella, a través de una escritura que
se firmó en el Palacio de San Carlos. La donación se avaluó en dos mil quinientos pesos.
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