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¿TODO POR UN FLORERO?
Por
DANIEL CASTRO BENITEZ
Director
Casa Museo Quinta de Bolívar y Casa del Florero-Museo de la Independencia.
Ministerio de Cultura
El objeto
La herencia histórica en la que se ha centrado el inicio de nuestra
vida republicana gravita en torno a un objeto, o mejor a lo que se supone
fue la ruptura del mismo, en unas circunstancias que todos los colombianos
parecemos conocer, a través de la tradición enmarcada en
la fecha del 20 de julio de 1810.
Decía Arturo Abella que “todo es misterio en torno del florero.
Misterio el sitio en donde lo tenía Llorente y como vino a sus
manos; misterio su tamaño y su confección general (...);
misterio su ruptura, (probablemente) ocurrida a la hora de la paliza que
los Morales propinaron a Llorente.” Y, ¿Era sólo uno?.
Pues en documentos de la época se habla incluso del préstamo
de varios “adornos para la mesa”.
Ese misterio parece aclararse 72 años después de 1810, cuando
en enero de 1882 “la taza de un florero de loza de mayor tamaño
con las armas de España en relieve y doradas” fue donada
por el pintor y músico Epifanio Garay al Museo Nacional: “Asegúrese
con pruebas que merecen completo crédito que es el mismo que dio
origen a la famosa reyerta (…); en la base se encuentra la firma
de González Llorente, la que comparada con documentos autógrafos,
resulta ser la misma que el acostumbraba en ésta época”.
Por otra parte fue además el artista, soldado y testigo de los
hechos, José María Espinosa quien “ha reconocido la
taza como base del florero que dio lugar a la memorable contienda, y como
tal fue tenida por el señor Manuel Manrique, en cuyo poder estuvo
por largo tiempo”.
Este objeto pasó en 1960 al recién fundado Museo del 20
de Julio de 1810, en el marco de las conmemoraciones del sesquicentenario
de la Independencia, de donde el proviene el emblemático y coloquial
nombre de “Casa del Florero”.
La anécdota
El 20 de julio de 1810, hacia las once de la mañana y por ser día
de mercado, la Plaza mayor hervía de gente. Un grupo de conjurados
tenían muy en claro la estratagema para solicitar una Junta de
Gobierno, presidida por el Virrey e integrada por el Cabildo y notables
designados por el mismo Cuerpo Capitular. Todo estaba perfectamente planeado
días antes, en donde Antonio Morales se encargó de sugerir
el incidente con los españoles, que diera curso al descontento
en el que se encontraba Santafé contra los Oidores de la Real Audiencia.
Y con quien mejor que el español González Llorente a quien
profesaba franca animadversión, por cuestiones de negocios.
El curso de los hechos se ha repetido insaciablemente. Todo indica que
Llorente se negó a facilitar el objeto pedido, pero no existe prueba
de que su negativa hubiera sido dada en términos despectivos. Incluso
estaba planeado que si de buena gana prestaba la pieza, ello conllevaría
a resolver el asunto con la segunda parte de lo convenido, en la cual
Caldas debía pasar a la hora en que Morales se encontraba en la
tienda y saludaría al español, para lo cual el científico
daría la oportunidad a Morales para reconvenirle por dirigir la
palabra a un “chapetón” enemigo de los americanos.
El lugar
En los estantes de su tienda de la Primera Calle Real del Comercio, se
debía encontrar el susodicho florero entre otros tantos productos
importados. Incluso en otra de las versiones de los hechos, se afirma
que González Llorente como buen comerciante se limitó a
expresar su negativa, diciendo que “por haber prestado la pieza
otras veces se iba maltratando y perdía su valor”.
El cuadrilátero de la reyerta, más que plaza, fue esa esquina
sur oriental de la apacible Santafé, que ya por esos primeros años
del siglo XIX no pasaba de ser esa ciudad con aspecto pueblerino que ya
sabía de otras manifestaciones de descontento en Quito y Caracas,
Cartagena y Cali. La edificación donde se hallaba la tienda había
sido construída en las postrimerías del siglo XVI para el
hijo mayor del Mariscal Hernán Vargas Carrillo, uno de los fundadores
de la ciudad y compañero del Adelantado Gonzalo Jiménez
de Quesada.
El balcón esquinero sobre la actual Plaza de Bolívar fue
legado, en el siglo XVII, por los esposos Sebastián Rodríguez
de Trujillo y María de la Oliva a su hija, quien era religiosa
del monasterio de Santa Clara, para que fuese alquilado para presenciar
todos los eventos que se llevaban a cabo en la Plaza Mayor.
El símbolo
Las encrucijadas de la Colombia republicana tienen su punto de partida
en 1810 y aún parecen irresueltas. La misma conmemoración
del Bicentenario de la Independencia parece dividirnos. Que mejor símbolo
de país que el histórico florero. Un objeto que está en
boca de cualquier ciudadano cuando nuestro espíritu conflictivo
e inconforme busca la razón del debate, la causa de la disputa,
el origen de la reyerta. Un símbolo de quien todos hablamos pero
muy pocos conocemos.
Escasos testimonios quedaron de ese inicio de la vida republicana. El
Cabildo demolido para dar paso a otras construcciones en la acera occidental
de la plaza mayor. El acta de Independencia, quemada en el incendio
de las galerías Arrubla en 1900. Sin embargo el florero es en sí mismo
la imagen de la ruptura con ese statu quo, testimonio y vehículo
universal y particular a la vez, de una nación que nacía
con dificultad. Universal pues trasciende la historia de una región.
Particular por corresponder a una circunstancia precisa de cambio y transformación.
Hoy, a escasos años de la conmemoración, tenemos la obligación
de revisar esas motivaciones de nuevo.
¿Está nuestra identidad tan consolidada, para que sea sólo
un símbolo, y no varios los que identifiquen nuestra razón
de ser como nación? Los fragmentos de esa pieza de loza, como un
oráculo, podrán darnos la respuesta.
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