La
Quinta de Bolívar fue uno de los lugares favoritos de refugio y
reflexión del Libertador porque reunía la sencillez a la que se
inclinaba y la comodidad que había conocido desde niño.
El
escritor José Caicedo Rojas, quien sirvió de amanuense
del Libertador durante su permanencia en la Quinta, la
recordó así en un relato escrito en 1877, el cual tituló
"Memorias de un antiguo colombiano":
Sus
contornos estaban alfombrados de verde césped por donde
descendía, entre pintorescas colinas y ribazos, solitarios y
vírgenes, el riachuelo del Boquerón. Estaba rodeada la
casa de bellos jardines y de árboles corpulentos (de los
cuales quedan hoy algunos, tales como un gran nogal y
varios lozanos alcaparros, mortiños, cerezos, pinos, todos,
sin duda, del tiempo de Bolívar) y a su sombra había, artificiosamente
dispuestas, galerías cubiertas de enredaderas, cenadores y
rutas caprichosas; bañada, por doquiera, por abundantes y
puras aguas, en fuentes y surtidores de mármol. En el
patio interior, un torrente conducido por un atenor de seis
pulgadas de calibre, caía, estrepitosamente, en un receptáculo
de piedra, a la altura de cinco pies, esparciendo en toda la
casa y jardines un rumor apacible y delicioso. [...] Enfrente de
la puerta de entrada había un gran estanque circular donde
nadaban alegremente lindas aves acuáticas alrededor de una
hermosa fuente de mármol blanco.